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"¡Feliz vuelta a casa!", le digo a mi corazón.
Hoy, hay rojo para pintar un invierno que duró cien estaciones.
Hoy, mis cicatrices no lloran si les pongo sal.

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Velocidad luz

Pasó cual ráfaga.
Latió. Temblé. Besos como estampidas. Manos como aleteos, como pájaros de prisa. Bocanada. Un paréntesis de vapor. La piel se derrite, se condensa, se aprieta, se hace roja.

Adentro un tambor. Adentro una orquesta por la escalera. Adentro no se aguanta adentro y quiere salir. Estallo un poco, estallo más. Un cataclismo  y me hago piezas.
Liviana pero aún sedienta.

Él se hace rocío.
Él se hace aire.

Aún siento su pelo deslizandose por mi mano.
Aún su aliento,
aún su olor.


Entraste de repente, aleteando cual pájaro que vuelca la existencia con vuelo directo al corázon. Te hicste un nido y yo lo guardo y le doy calor. Me hecho adicta a esta eterna primavera. Viajamos juntos en invierno buscando el nunca poniente sol.

Fobia a los gusanos

Olvidé una olla con sobras de comida en el fregadero y a la mañana siguiente la sorpresa: una visita nongrata de pequeños visitantes albinos. "Por eso es que se lavan los trastes inmediatamente luego de usarlos. Lo pudiste haber evitado". "Lo se, lo se". Una patada en el estómago seguido por un sabor amargo crispante detrás de la lengua. Me tapo la boca y me alejo. Una retraida de recuerdos se asoman: la vez que metí la mano en la tierra mojada y me saludó una lombriz, esas tardes de lluvia donde al correr descalza por el patio salían insectos de movimiento serpentesco, aquella vez que buscaste un pedazo de tronco de caoba y lo acerqué a mi pecho para cargarlo y descubrí que estaba repleto de gusanos. Recordé mi primera perrita y la mañana que descubrí que estaba infectada de parásitos. Entendí otra vez esa costubre de botar la basura corriendo por pensar que están llenas de "cositas que se te trepan". También recordé a mi papá y como de pequeño, hacía t…
El ruido en mi cabeza se mueve inquieto como un huracán,
como un panal de abejas que retumba.
Da bandazos por todos mis adentros queriendo abarcar todo.

Por eso,
cuando me tocas siento que me quiebro.
Que me fragmento y me esparzo.

Por eso,
al hablar,
tirito.

Al mirar,
lagrimo.



Varada y sonámbuala
me perfilé en la estación tal huérfana,
examinando tu distancia desde lejos
hasta que se tornó en ausencia.

Pasó el próximo tren.
Me he montado abalanzada,
quizás por reflejo,
quizás por no morir estática,
quizás para volver a perderme.




Tengo en mí el mar y la luna que se posa en sus brazos.
Tengo en mí la noche y la ciudad.
Tengo en mí la brisa, el aliento.
Y estas ganas de poderme quedar.
Que nada dure.
Que sea la vida  perennes instantes,
destellos de presagios,
un tunel de luz bailando a toda velocidad.

Sentir en pleno,
en carne roja,
siempre sangrante.

Una honda bocanada.
Un salto.

Vólo frente a nosotros,
se hizo presente. Bailó con el paisaje y se fue, rasgando el aire de color rojo. Abrió el tiempo en ese tiempo sin tiempo. Se nos coló su luz, y nos olvidamos de tener pies.
Y juntos,
agarrados de la mano,
agarrados de este remanente de cuerpo,
de las tiras y costuras del alma,
nos sumergiremos en el fin.

Más allá de los contornos,
más allá del vacío y la plenitud.

Lúdicos, ominosos, arcanos, presentes.

Dinamismo,
euforia,
simplemente ser.
Cuando caótica me siento más cercana a la naturaleza humana. Con el corazón lleno de oscuridad intensa puedo palpar que buscamos siempre nuestra destrucción. Al atomizarnos, el vacío intermitente nos hace sentir en casa.